Miércoles, 16 de Febrero de 2011 22:13
El ataque de parte de un grupo de militares a jóvenes que viajaban en una camioneta, con el saldo ya conocido de una jovencita de 17 años herida de bala en la cabeza, pone al Ejército de nueva cuenta como centro de todas las miradas. De nada pueden servir los decomisos, las detenciones, y las tantas hectáreas de droga destruidas, si unos cuantos meten la pata de esta forma.
Ante un hecho de esta naturaleza ni quién se acuerde de las buenas acciones de los militares. En estos momentos el General de la Novena Zona ha de estar mentando madres por este error de su tropa, que viene a dar al traste con todo el trabajo que hacen en estado y que pasa a segundo término cuando una joven lucha por su vida a causa de una bala salida de un fusil militar. No soy partidario de hacer leña del árbol caído ni de salir a desgarrarme la garganta vociferando en contra del Ejército. Tampoco se trata de hacerle la defensa a la Defensa Nacional. Ellos tienen muchos recursos y muchas capacidades para salir de esta bronca en la que se han metido por no medir las consecuencias de jalar el gatillo y por no saber controlar la adrenalina. Por ningún motivo se justifica que militares o policías disparen contra civiles mientras estos no los agredan, como parece que fue el caso de estos jóvenes allá en la colonia Nakayama. No hay excusa para una barbaridad de este tipo y el Ejército tiene que rendir cuentas y castigar a quienes dispararon. Si un punto bueno puede encontrarse en esta desgracia, es que la Novena Zona Militar ya reconoció ante la Procuraduría de Justicia estatal que efectivamente fueron soldados los que dispararon y que el caso será investigado y castigado por el Ministerio Público Militar.
Este hecho se viene a sumar a otros como aquél ocurrido en La Joya de Los Martínez, en la sierra de Sinaloa, donde los militares dispararon contra una familia, matando mujeres y niños. Malo, malísimo para la imagen de la milicia y pésimo para los ciudadanos, que de pronto nos encontramos en medio de varios fuegos. Por un lado los narcos, seudo narcos y aprendices de narco echando bala o ajustando sus cuentas, y por otro los militares o los policías nerviosos, asustados y con tiro arriba, listos para disparar a cualquiera que les parezca sospechoso.
Posdata: El lío es que en Sinaloa, desde el punto de vista de los militares, todos somos sospechosos mientras no demostremos lo contrario..